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El ‘espíritu Titán’
La Titan Desert es una de las carreras de bicicleta de montaña más duras y míticas.
Si tuviera que definirme, usaría adjetivos como deportista o aventurero, y es que me gustan todo tipo de deportes al aire libre, en plena naturaleza. En mi día a día me gusta estar rodeado de familia, amigos y trabajar en equipo, pero me mueven los deportes individuales, los retos personales, el espíritu de superación… Tanto es así que un día en una cena entre amigos salió el tema de la Titan Desert, una de las carreras de bicicleta de montaña más míticas y duras. El reto eran seis etapas por el desierto de Marruecos, con un total de 680 kilómetros y más de 7.500 metros positivos de desnivel. Y nos dijimos, ¿por qué no? Desde ese día empezamos con los preparativos, buscando patrocinadores y preparándonos físicamente para el reto, teniendo claro que nuestro objetivo principal era intentar acabar y, sobre todo, disfrutar de la experiencia.

Llegó el día de partir. En el aeropuerto vi a los corredores que se iban a disputar la victoria sentados al lado de aquellos que iban a recorrer kilómetros con un fin benéfico y otros que, como yo, buscaban una nueva experiencia, todos con la misma cara mezcla de ilusión y temor. Muchos se saludaban entre ellos, pues ya habían disputado la prueba anteriormente. El ‘espíritu titán’ que lo llaman.

A pedalear Las dos primeras etapas transcurrían por Ifrane, en el Atlas Medio, conocido como la suiza marroquí. Montaña, ambiente frío, todo muy verde, caminos con mucha piedra, puertos que nos llevaban a más de 2.400 metros… Era como estar en nuestros Pirineos. Tras ellas, un traslado de seis horas en bus y la cosa ya cambió. Llegamos al desierto de verdad: más de 40 grados, difícil encontrar una sombra, el aire caliente que te secaba la garganta… Aquí empezaba la verdadera carrera.

Pese a la dificultad de la carrera, el desierto tiene algo que engancha.

La dureza del desierto Fueron cuatro etapas, por pistas muy secas, con mucha piedrecilla suelta, teniendo que cruzar bancos de dunas, algunos encima de la bici y otros caminando, siempre siguiendo las coordenadas GPS que nos daban el día anterior, con unos puntos de paso obligatorios donde encontrábamos los avituallamientos.

Durante las etapas se formaban grupitos por niveles, pues era importante no quedarse descolgado. En ellos unos días encontrabas y otros intentabas dar el apoyo moral que a veces uno necesitaba para no mandarlo todo al garete, ya que eran unas seis horas de media por etapa y, en muchos momentos, lo que se dice disfrutar no disfrutabas mucho.

Encontrar un oasis Todo estaba saliendo bien, pero en la quinta etapa, sobre el kilómetro 28 de los 144 que tenía, la rueda trasera dijo basta. Una avería que, sin ayuda externa, era imposible de reparar, y la normativa de la Titán deja claro que quien necesite ayuda externa se la proporcionará la organización para poder acabar la etapa, pero quedará fuera de carrera. Hasta aquí había llegado mi sueño. Decenas de corredores pararon, mostrándome otra vez ‘espíritu titán’, pero nada se podía hacer.

El objetivo era disfrutar y acabar, pero hacerlo el 43 de 500 participantes da un plus de alegría Me senté y esperé a que llegara el camión escoba. Sin duda, fueron unos minutos muy duros en los que se me pasaron por la cabeza las horas de entreno, los sponsors que habían confiado en mí, el apoyo de la familia… Vi a lo lejos el camión y unos metros delante de él al último participante. Cuando me vio, me preguntó qué pasaba y me dijo: “coge mi rueda, yo no puedo más, voy a abandonar en breve”.

Egoístamente y sin dudar acepté su ofrecimiento, hicimos el cambio de rueda y arranqué con una inyección de moral por las nubes. Hice los casi 100 kilómetros que me quedaban eufórico, recuperando muchas posiciones, sin dejar de saludar y agradecer a todos los que se habían parado antes. Una vez en el campamento de meta busqué a Giovanni, el corredor argentino que me había salvado. Su lema: ‘hoy por ti, mañana por mí’. Era su tercera participación en la prueba y, aunque le dolía no poder acabar, se sentía mejor si alguien podía hacerlo gracias a él.

La belleza -y también la dureza- de pedalear por el desierto es uno de los grandes atractivos de la prueba.

Al día siguiente salí con la rueda prestada a recorrer los últimos kilómetros de una experiencia que no es fácil, pero vale la pena. El objetivo era acabar y disfrutar, pero hacerlo en el puesto 43 de la general de más de 500 participantes, y más cuando el día anterior estaba a punto de abandonar, daba un plus de alegría.

Una vez cruzado el arco de meta y a medida que iban llegando amigos, conocidos, compañeros de grupito en alguna etapa, todos nos fundíamos en abrazos y nos despedíamos hasta la edición 2017. Y es que el desierto tiene algo que engancha.