Las Pirámides, el Nilo y El Cairo son paradas obligadas en un país donde otro tesoro brilla con luz propia: su gente.
Cada vez que le decía a alguien que en la primera semana de mayo me iba de vacaciones a Egipto, todos me decían que si estaba bien de la cabeza o que era una valiente, ya que pocos días antes se produjeron una serie de atentados contra iglesias coptas. Pero siempre hay que seguir, sin miedo. Mi hermano Manolo, mi cuñada Adri y yo lo teníamos claro: era una oportunidad que no debíamos dejar pasar.
“Según te vas acercando, te das cuenta de lo majestuosas que son las Pirámides”
La Esfinge de Guiza.
Iniciamos el viaje en Asuán, donde tomamos el barco para navegar por el Nilo hacia nuestra primera parada en Kom Ombo para visitar el templo de Sobek y Horaeris. Nada más pisar tierra nos dimos cuenta de cómo son los mercadillos de souvenirs. Los mercaderes hablan algo de castellano, te preguntan cómo te llamas y se despiden con una sonrisa y un “hasta la vista, turista”. Tras visitar el templo y sus cocodrilos momificados en honor de Sobek, volvimos a embarcar para continuar hacia Edfu, uno de los pueblos más pobres de la región de Asuán.
Reanudamos la marcha por el Nilo hacia Luxor, la antigua Tebas, capital del Imperio Medio y Nuevo Egipcio, obsequiados con un agradable té en cubierta, un bello atardecer y una fiesta de chilabas.
Visitando templos Al día siguiente visitamos el Valle de los Reyes, un lugar impresionante en medio del desierto. Me fascinó cómo se excavaron esas tumbas y, todavía más, cómo perduran los bellos colores de las ilustraciones que relatan en las paredes la vida de los faraones que allí reposan. A continuación, visitamos el templo de la Reina Hatsetsup, una de las primeras mujeres del Antiguo Egipto que se hizo cargo de comandar el Imperio.
Mezquita de Muhammad Ali.
Tras disfrutar del iluminado templo de Luxor, viajamos a El Cairo, donde tuvimos una tarde libre que nos sirvió para integrarnos en la sociedad egipcia y percibir el caos de tráfico, aprender a cruzar la calle esquivando los coches, y comprar en un supermercado igual de caótico con los carritos de la compra que los vehículos en las calles.
“La máscara funeraria de Tutankamón te hipnotiza según la estás mirando. Belleza pura” Las Pirámides Por fin llegaba el día para visitar las Pirámides y la Esfinge. Según te vas acercando te das cuenta de lo majestuosas que son estas construcciones. Te vuelves pequeña a su lado y te preguntas cómo fue posible que se llevaran a cabo con los medios de hace más de 2.000 años.
Vestidas con las chilabas típicas.
Nuestra siguiente parada obligada fue el Museo Egipcio de El Cairo, que desborda restos arqueológicos y tesoros, como el ajuar que se descubrió en la tumba de Tutankamón y, sobre todo, la máscara funeraria del faraón, que te hipnotiza según la estás mirando. Belleza pura.
De vuelta a la realidad Después de tanta historia y arquitectura, nos quedaba empaparnos de la sociedad moderna y comprar los recuerdos que trajimos a España. Para eso, no hay mejor sitio que el zoco de Kan el Khalili. Rodeados de todo tipo de joyas, chilabas, pirámides y amuletos de la suerte, caminamos entre los dueños de los puestos, que se esforzaban en atraer nuestra atención para que compremos allí, tras el correspondiente regateo, por supuesto.
Y así finalizaba el viaje a Egipto. Me quedo con la hospitalidad de la gente, con el taxista que nos dio una vuelta turística por la ciudad, sin coste alguno, solo para mostrarnos lo orgulloso que estaba de su país y agradecido de nuestra visita, y con todos aquellos que nos ofrecían sus sonrisas para hacernos sentir tranquilos.