Buceo en el mar Rojo: espectáculo bajo el agua
Guillermo Felipe, técnico de Sistemas de Calidad e Innovación, disfrutó de una semana de buceo en el mar Rojo, una experiencia inolvidable que le ha permitido conocer las maravillas de la vida bajo el agua.
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Guillermo Felipe, en el centro, rodeado de peces en una de sus inmersiones. |
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"Ni por asomo te puedes imaginar las sensaciones que produce bucear en un entorno como ese" |
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- Pero, ¿cómo voy a ir, si es de nivel experto y yo no tengo ni una salida?
- Tú tranquilo, tienes buena ‘acuabilidad’ y yo andaré cerca. Seguro que aprendes rápido.
Con este argumento me convenció mi instructor de submarinismo para pasar una semana entera bajo el agua. Hacía dos meses que había aprobado el curso básico de buceo (PADI Open Water Diver) y el reto consistía en realizar cuatro inmersiones diarias durante seis días, con actividades muy por encima del nivel que tenía. Con unas ganas inmensas, decidí embarcarme junto con 14 buceadores expertos, de los que sólo conocía al instructor, por la ‘ruta norte’ del mar Rojo.
Unas normas ensayadas de seguridad y un estándar básico de comunicación nos permitieron disfrutar de un mundo completamente nuevo. Por mucho que te expliquen y por muchos documentales o fotos que hayas visto, ni por asomo te puedes imaginar las sensaciones que produce bucear en un entorno como ese. Nos pasamos la vida manipulando todo lo que está a nuestro alcance, actuando, moviendo, hablando, tocando..., pero bajo el agua eres tú quien eres observado, sin tocar nada, en silencio.
En el barco, el capitán y los guías elegían los destinos más interesantes de inmersión en función del tiempo y de la cantidad de embarcaciones que se podían ver en los diferentes arrecifes. En la zona en la que estábamos, un paráiso del buceo con innumerables puntos de inmersión, se concentraban tantos barcos que aquello parecía la M-30 a media tarde.
Un mundo diferente
En esta aventura, el primer pecio (barco hundido) que visitamos fue espectacular por el escenario que nos ofreció. Hundido por los alemanes en 1941, permanece con todo material bélico dispuesto como en un museo: decenas de camiones cargados con cientos de motos, múltiples paquetes de fusiles soldados por la corrosión, piezas de artillería antiaérea y otras municiones, dos locomotoras de tren... Todo, tanto en tamaño como en número, nos hacía sentir verdaderamente pequeños.
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Por su riqueza y variedad de fauna marina, el mar Rojo es un paraíso para los amantes del buceo. |
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En las inmersiones no podíamos pasar mucho tiempo a 30 metros de profundidad. Sólo en descender y volver a subir a la superficie, incluyendo el protocolo de descenso y ascenso final, con las corrientes marinas y las paradas técnicas, nos llevaba unos 45 minutos, lo que nos dejaba mucho menos tiempo del que queríamos para disfrutar del fondo marino. Por esta razón, y con el fin de escudriñar bien todas las bodegas, cubiertas y el exterior del barco, decidimos hacer cuatro inmersiones en ese punto. En esa zona también vimos otros pecios de diferentes épocas con cargas de lo más variadas, como inodoros, bañeras y lavabos esparcidos por un arrecife plano o miles de placas de cerámica italiana.
Objetos al margen, la vida en las profundidades marinas sorprende por el número, el tamaño, los colores y las formas de su flora y fauna. Todo es diferente bajo el agua. En las salidas pudimos acompañar a una tortuga, elegante como ella sola, ser sorprendidos por un grupo de delfines que intentaban jugar con nosotros a menos de dos metros, ver cómo los bancos de peces rodeaban a otros más pequeños ajenos a nuestras linternas en las inmersiones nocturnas, observar morenas de casi dos metros que realmente imponen (sobre todo por su aspecto), peces cocodrilo y león, erizos a los que es mejor no acercarse, unibranquios de colores imposibles, majestuosos peces napoleón, especies raras como los peces roca, graciosos ‘nemos’ que defienden su anémona con una violencia desmesurada, bancos de portaestandartes, elegantes pero tímidas mantas... Y todo ello entre enormes torres de coral.
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Guillermo (segundo por la izquierda, fila central) compartió una semana con un grupo de expertos buceadores. |
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Invitado inesperado
Lo más impresionante de esta experiencia fue encontrarnos por sorpresa con un tiburón tigre, el más peligroso de los escualos de arrecife y el segundo de todas las especies, similar al tiburón blanco. Según ascendíamos en grupo por una plataforma inclinada de coral, me quedé ligeramente atrás observando unas anémonas. Giré la cabeza y ahí estaba, a menos de 30 metros de distancia. En ese momento sólo pensé: “¡No me puedo creer que nadie lo esté viendo!”.
Me uní a mis compañeros con rapidez y les hice, entre enormes burbujas que salían de mi regulador, la señal de tiburón. En unos segundos, por instinto, nos agrupamos. El ‘bicho’ hizo amago de acercarse dos veces a echarnos un ojo, aviso suficiente para que hiciéramos más compacto el grupo. En ese momento, todos aspiramos más aire de lo habitual. Tres metros de animal a una distancia que cada vez me parecía más pequeña. Me quedé casi paralizado, alucinado, pero al tiempo feliz de ver algo así, en directo y sin barreras de por medio. En pocos segundos y de repente dio un golpe de aleta caudal y desapareció. Afortunadamente, él ya había comido.
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