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De Moscú a Pekín en el Transmongoliano
Silvia y Pablo en el desierto del Gobi, Mongolia.

La técnico de Comunicación Silvia Pou recorrió durante tres semanas esta emblemática ruta ferroviaria.


“¿Y si hacemos el Transiberiano?”, me preguntó Pablo; y a mí me faltó tiempo para apuntarme a la aventura. Él tenía ganas de hacerlo desde su Interrail en 2010 y para mí un viaje tan distinto y a la vez tan histórico me parecía una idea increíble. Finalmente nos decidimos por la ruta transmongoliana, un recorrido de más de 7.000 kilómetros que te lleva de Moscú a Pekín pasando por el asombroso país del héroe mongol Gengis Kan.

Rusia: belleza e historia
El imponente Kremlin de Moscú.
Nuestra primera parada fue la capital rusa, su Kremlin, la Plaza Roja y la Catedral de San Basilio. También nos perdimos entre algunas de sus maravillas subterráneas y otros rincones menos conocidos pero igual de recomendables, como el Parque Gorki.

La inmersión profunda no empezó hasta que llegó la hora de subirse al primer tren. Intentar compartir experiencias con los autóctonos es complicado cuando todo tu conocimiento sobre el ruso es ‘da’, ‘nyet’ y ‘spasiba’ y el suyo del inglés es inexistente... Aun así, las ganas pueden y de algún modo u otro acabamos intercambiando nuestros nombres, nacionalidades y alguna que otra información más.

Kazán nos recibió pronto por la mañana. A orillas del río Volga, en esta ciudad famosa por la convivencia entre musulmanes y cristianos, encontramos una de las mezquitas más grandes de Europa. Tras conocer su Kremlin y pasear un poco por sus calles, subimos de nuevo en el ferrocarril hasta la última ciudad que vio a los Romanov, Ekaterimburgo.

Mezquita en Kazán (izquierda) y la Iglesia sobre la sangre en Ekaterimburgo.

El edificio más conocido de la ciudad es la Iglesia sobre la sangre, construida donde el zar Nicolás II y su familia fueron asesinados, acabando así con la época de zares en el país. De esta histórica localidad nos desplazamos a la capital de Siberia, Novosibirsk, tras 22 horas de tren compartiendo ronquidos, olores y risas en los vagones de tercera clase. Las pocas horas que estuvimos aquí fueron suficientes para descubrir su imponente estación de tren y el conocido Teatro de ópera y ballet, entre otras bellezas.

Lago Baikal (Olkhon).
Nuestra última parada en Rusia fue difícil de alcanzar, aunque mereció la pena. Llegamos a la Isla de Olkhon después de 34 horas de tren y siete horas en furgoneta por carreteras que no existían. Situada dentro del Lago Baikal, la reserva de agua dulce más grande del mundo, Olkhon es una isla con energía chamán que ofrece unos atardeceres mágicos. Acercarse hasta el cabo Khoboy para tener una visión de 360º de todo el lago, bañarse en sus frías aguas y relajarse viendo la puesta de sol desde la roca Shamanka es imprescindible.


Mongolia: el hechizo del desierto Dejamos Rusia y nos dirigimos hacia Mongolia, un destino que a mí me hacía especial ilusión. Ilusión que casi desaparece con un cruce de fronteras agotador y una capital, Ulán Bator, caótica con una única calle principal para 1,5 millones de habitantes (el país entero tiene alrededor de tres millones). Pero Mongolia tiene muchísimo que ofrecer entre estepas, desiertos y pequeñas aldeas convertidas en capitales de provincia.

“La ruta es un placer para cualquier viajero; por la gente, la gastronomía, los paisajes las culturas...” Junto con nuestra guía Altjin, nos adentramos en el desierto del Gobi durante seis días en los que además de descubrir increíbles paisajes, pudimos conocer desde dentro cómo viven las familias nómadas del país. Intentar explicar lo que sentí perdida en esas tierras que nunca acaban y con unos horizontes que son para embobarse es muy difícil; hay que verlo y vivirlo.

Nos despedimos de este país con cierta tristeza por su gente y sus panorámicas, pero era hora de dirigirse hacia nuestra meta: Pekín.

Pekín: el final perfecto Así que de nuevo tocó tren y bus litera para alcanzar la capital china. He de reconocer que acabar nuestra aventura en esta ciudad no nos apetecía mucho, ya que nos habían hablado de diferencias culturales peculiares... Aunque en algunas cosas es así, fue llegar a Pekín y enamorarnos de inmediato de su belleza, presente en todos los rincones de cada una de las calles. Nosotros nos quedamos con el Palacio de Verano y, obviamente, la Gran Muralla, un espectáculo la mires por donde la mires. Pero sobre todo, nos quedamos con los hutongs (callejones estrechos) y el placer de perderte por ellos para descubrir el auténtico Pekín.

Vista de la Gran Muralla; en los hutongs -callejones- se conoce el auténtico Pekín; derecha, la plaza de Tiananmén.

Un viaje inolvidable
Tras 23 días de recorrido, llegó el momento de volver a casa. En el avión de regreso intentamos resumir nuestro viaje: esta histórica ruta es un placer para cualquier viajero; por la gente, la gastronomía, los paisajes, las culturas... que te vas encontrando y conociendo por el camino. Eso sí, es un viaje duro en el que a menudo no descansas y que requiere paciencia y tranquilidad para algunos pasajes, ¡y mucha imaginación para pasar el rato! Con todo, estoy segura de que siempre estará en nuestro ‘top diez de viajazos’.