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Perú desde las alturas
Gabriel Huerta en el Machu Picchu.

Una mochila y muchas ganas es lo único que se necesita para conocer el país andino.

Desde que solicité mi primer pasaporte, sabía que el de Perú era uno de los sellos que estamparía en él. Lo fui postergando por la poca afinidad que tengo con los vuelos transoceánicos, pero las opiniones sobre el país que me dio un compañero del Centro de Control de Instalaciones me obligaron a reconsiderar mis prioridades. Finalmente pude conocerlo el pasado mes de noviembre, una experiencia que duró 17 días.

Trajes típicos en Lima.

El viaje comenzó en Lima. La capital de Perú no era uno de los lugares que más interés tenía por visitar, pero he de reconocer que el día y medio que estuve en la ciudad me sorprendió mucho, además de ser un enriquecedor primer contacto con la cultura local y sus costumbres. Aquí, como en muchas ciudades europeas, los principales puntos de interés están en la parte histórica, con su plaza de armas como centro. Por ella y sus alrededores me moví la mayor parte del tiempo, aunque también pude conocer el barrio de Barranco y su playa llena de surfistas y erizos de mar.

De Lima me desplacé a Iquitos, una ciudad en medio de la selva amazónica a la que solo se puede acceder por barco o avión. Aunque me hubiese gustado llegar en una de esas barcazas llenas de hamacas, tuve que decantarme por el avión para ganar tiempo. Al tratarse de una ciudad a orillas del Amazonas, iba preparado para convivir con todo tipo de insectos, pero el tamaño de los que me encontré era disparatado. ¡Y aún no había visto lo mejor!

Nada más pisar el Machu Picchu te das cuenta de que merece el título de maravilla del mundo
La selva del Amazonas.

La gente que viaja hasta aquí lo hace principalmente por dos motivos: la ayahuasca, una bebida indígena que puede generar visiones, emociones diversas y procesos de catarsis, y los lodges, un pequeño alojamiento en medio de la nada donde pasar unos días en la selva. Yo soy de los segundos. El que escogí para pasar tres días alimentando mosquitos estaba formado por cuatro cabañas junto a un meandro del Amazonas, al que no se podía llegar más que en barca. Allí conviví con un grupo tan variado que parecíamos una pequeña ONU.

Nuestro guía, César, nos descubrió todos los atractivos de la zona: paseos por la selva para buscar animales, madrugones para ver delfines y pescar pirañas, degustaciones de insectos para los más valientes y, sobre todo, ver y aprender cómo los locales, en su mayoría granjeros, viven en y de la selva.

Fue una experiencia que recomendaría a todo el mundo, salvo quizás a los aracnofóbicos pues, cuando salíamos por la noche para ver tarántulas, nos sorprendimos al ver que no nos tuvimos que alejar mucho de donde dormíamos para encontrar una.

De vuelta a Iquitos aproveché el último día que pasaría en esa ciudad para visitar el mercado de Belén, donde la expresión “todo lo que corre o vuela va para la cazuela” adquiere todo su significado. Armadillos, cocodrilos, tortugas o suris, sumado a los puestos de santería y chamanismo, hacen de este mercado uno de los más exóticos que he visitado.

El valle de los Incas Me despedí del Amazonas rumbo al siguiente destino: Cuzco y el valle de los Incas. Afortunadamente no sufrí mal de altura, pero cada cuesta que me tocó subir por esa ciudad andina me recordó que seguía estando a más de 3.000 metros de altura.

Si bien Cuzco es una parada obligada en el camino hacia el Machu Picchu y está mucho más concurrida por turistas que el resto de ciudades, en ningún momento te sientes agobiado o inseguro. Esto permite moverte con libertad no solo por la ciudad sino coger las furgonetas que hacen el servicio de autobuses de cercanías con las poblaciones cercanas como Pisac u Ollantaytambo, donde se encuentran las mejores ruinas.

Puno y el lago Titicaca Embarcación de totora en el lago Titicaca.
Por primera vez en todo el viaje me encontré con un día libre y nada preparado, así que pude realizar una escapada a Puno y ver las islas pobladas a mayor altura del mundo y, por supuesto, el lago Titicaca. Aunque quedaban ya solo un par de días en Perú, me faltaba la guinda. Debido a una huelga en la ciudad de Aguascalientes tuve que coger el camino difícil y largo que acabó entrando en el pueblo, andando por la vía del tren y cruzando entre las filas de antidisturbios y militares que el gobierno había reunido allí.

Machu Picchu A la mañana siguiente, tras una hora subiendo escaleras –pues con la huelga tampoco había autobuses–, alcancé las ruinas de Machu Picchu. Nada más pisarlo te das cuenta de que merece el título de maravilla del mundo, que has acabado un viaje o que has alcanzado un punto importante del camino.

Cuando bajé de las ruinas, la huelga se había levantado y pude conseguir un asiento en el primer tren que me devolvería a Cuzco y, de ahí, mi vuelo de vuelta a España.