La revista de la gente de
Número 19 - Tercer trimestre 2010
 

Tribulaciones de un viajero en África
Ricardo Rojas, jefe de la instalación de almacenamiento de Motril, ha disfrutado este verano de un inolvidable y emocionante viaje a Kenia que resume en este diario.

 

Nuestro protagonista y su hijo se divierten con la compañía de un grupo de Maasais.

 

Este pequeño relato viene a ser nada más que una humilde forma de preservar todas las vivencias y recuerdos de nuestro viaje a Kenia, entre los días 3 y 10 de agosto de 2010.

Primer día: Llegada a Nairobi
Al llegar a Nairobi nos enfrentamos a los interminables trámites de control de entrada a Kenia. El de Nairobi es el aeropuerto más importante de África, pero ello no lo hace ni funcional ni acogedor. Tras una larga espera, salimos a recoger las maletas, pero éstas no llegaron. Fue entonces cuando aprendí los dos conceptos básicos sobre los que descansa la filosofía keniata: ‘Pole, Pole' (tranquilo) y ‘Hakuna Matata' (no te preocupes). El caos era total, se habían perdido los equipajes de la mitad del pasaje.

Al salir de Nairobi pude comprobar que es una urbe de cuatro millones de habitantes con un tráfico endiablado, en la que conductores y peatones hacen lo que les viene en gana: ‘Wellcome to Africa'. El deporte nacional es saltarse los semáforos y la sensación de inseguridad dentro del vehículo aumenta agravada por el hecho de que conducen por la izquierda y que la gente cruza por donde y cuando quiere. Me llamó la atención la presencia de Marabúes (aves carroñeras del tamaño de un pelícano) apostados en celosías y muros. Teniendo en cuenta la ‘valentía' del peatón keniata, se encontraban en el sitio adecuado.

 

La belleza de las jirafas causó gran admiración a Ricardo Rojas durante su viaje.

 

Nos dirigimos a Aberdare, un parque nacional situado a las faldas del monte Kenia. Los alrededores están tapizados de una vegetación de un color verde intenso y el cultivo por excelencia es el café. Al llegar al campamento base, comimos y vimos la fauna local en los alrededores de la piscina del hotel, jirafas e impalas que campaban libremente. Luego nos trasladamos a un hotel situado junto a la única laguna que hay en la zona, con lo cual los animales van obligatoriamente a beber allí. Pudimos ver búfalos, elefantes, kudus, facóqueros y demás fauna ramoneando por las orillas plácidamente a escasos diez metros de nuestros observatorios del primer piso.

Segundo día: Aberdare-Nakuru
Abandonamos Aberdare en dirección al lago Nakuru, cambiando los verdes escenarios por otros más de acuerdo con nuestras ideas preconcebidas. De manera omnímoda y omnipresente encontrábamos por el camino acacias y una enorme cantidad de niños que nos saludaban de lado a lado de la carretera: ¡Jambo!, ¡Jambo! (hola). Después de atravesar numerosas aldeas llegamos al pueblo de Nakuru, el núcleo de población más importante de la zona.

Nos internamos en el lago del parque nacional de Nakuru, una impresionante masa de agua salada donde se alberga una comunidad impresionante de flamencos. Ya en el hotel, algo llamó la atención de Richi, mi hijo. Era un Maasai, que iba con un palo y que era el encargado de impedir que los babuinos asaltasen las mesas del comedor.

Después de almorzar, nos fuimos de Safari y pudimos observar una variadísima fauna de rinocerontes, cebras, impalas, jirafas, kudus, monos negros, monos babuinos y los flamencos del lago. Por lo que nos contaron, en Nakuru no había leones ni otros depredadores importantes, era como una gigantesca granja de felices animales.

 

Una comunidad de flamencos descansa en las aguas del parque nacional del lago Nakuru.

 

Tercer día: Nakuru-Naivasha-Narok-Massai Mara
Nos enfrentábamos a un día duro de coche. Según avanzábamos veíamos a las hienas por los márgenes de la autovía como si aquí fueran los perros. Es curioso que en todo el viaje, a excepción de los perros pastores que tienen los Maasai, no viéramos ninguno. Prefiero no dar rienda suelta a la imaginación. Al llegar al lago Naivasha, una buena noticia: llegaron nuestros equipajes. La felicidad no podía ser completa ya que sólo nos traían una maleta de las tres que teníamos. ‘Hakuna Matata' otra vez. En vez de enfadarnos, disfrutamos del lago y de sus hipopótamos.

Después pisamos la selva. Era un sitio controlado, sin depredadores ni serpientes. Cuando alguien piensa en el peligro de la selva, sólo lo hace en el león. Pues bien, en Kenia están las dos serpientes más venenosas del mundo: la mamba negra (terrestre) y la mamba verde (arborícola). Acceder a la selva en un sitio no supervisado o controlado, además de estar prohibido, supone un acto que rayaría el suicidio.

 

Un grupo de Maasais realiza la danza tradicional de su tribu ante la visita de turistas.

 

Más tarde nos dirigimos hacia la gran reserva de Maasai Mara, el plato fuerte de nuestro viaje. A medida que nos acercábamos empezamos a ver extensísimos pastizales donde los rebaños pastaban a sus anchas. Estábamos emocionados: a ambos lados de la carretera se veían impalas, cebras y ñúes por doquier. Cuando nos adentramos en la sabana en sí teníamos una sensación de infinitud y de inmensidad, enormes extensiones de pasto silueteadas por el intenso cielo azul de África y recortados por la majestuosa estampa de las acacias, era de película. Es algo espectacular, estás en la cuna de la creación; la vida comenzó en Pangea en este lugar, y eres partícipe de un momento mágico, te sientes como un privilegiado al ver que no eres capaz de abarcar tanta belleza.

Cuarto día: Maasai Mara
A las seis de la mañana salimos de safari. Otra vez mágicos momentos: el amanecer en la sabana, el cielo irreal, unos globos aerostáticos dibujando el horizonte. Con nosotros están las jirafas y ahora pienso que son los animales más majestuosos y elegantes de cuantos conozco. Hoy el día comienza bien, hemos visto además chacales, buitres sobre una presa, una familia de leones a larga distancia después de una cacería y nos dirigimos hacia un poblado Maasai. En una encrucijada en medio de la nada nos devuelven las dos maletas que nos faltaban y nos vamos al hotel a desayunar. Richi se hizo amigo del Maasai Luke, encargado de mantener a raya de los babuinos y se entretuvo con él hasta que nos marchamos.

 

Un par de buitres otean el horizonte sobre una de las características acacias que dibujan el paisaje de Kenia.

 

Al llegar al poblado Maasai nuestras expectativas se vieron superadas con creces: los cánticos y danzas de los guerreros eran impresionantes, así como las mujeres. Nos explicaron todo lo relativo a los Maasai, empezando por la palabra en sí. Maasai, significa una comunidad de personas que hablan la lengua Maa. Viven en una aldea que se corresponde exactamente a un poblado de la edad de hierro, tanto socialmente, como arquitectónicamente hablando. Es un pueblo nómada ganadero, es decir no cultivan nada y nada puede arraigarlos a un sitio determinado. Sus actividades son el pastoreo, la caza, y la elaboración de manufacturas artesanales.

Los Maasais viven en poblados cercados por una empalizada que evita la entrada de depredadores. En el centro de la aldea se sitúa el corral, limitado por otra empalizada; las viviendas se sitúan en el espacio entre el corral y la empalizada exterior. La tipología arquitectónica es la misma que la de las primeras ciudades mesopotámicas, es decir, un armazón de cañas se recubre con adobe hecho con barro, paja y excrementos de animales, mientras que la cubierta se hace con ramas y paja sobre adobe.

Volvimos al hotel, almorzamos rápido y salimos de safari en dirección al río Mara. Espectacular si cabe, fuimos testigos del paso de los rebaños de cebras y ñúes que cruzan desde el Serenguetti a Maasai Mara. La razón es simple: es la época de las lluvias (nos llovió esa misma tarde) y los animales se trasladan desde Tanzania a Kenia en busca de los nuevos pastizales. A las orillas del río Mara estaban apostados los cocodrilos, mientras que en Maasai Mara los leones estaban apostados para comerse a aquellos animales que debilitados lograban esquivar a los primeros.

 

Impresionante vista de una puesta de sol desde la sabana africana.

 

Quinto día: Maasai Mara-Nairobi
Esa mañana nos levantamos más tristes, a pesar de tener todo nuestro equipaje, porque nos despedíamos de Maasai Mara. La suerte o la desgracia hizo que se averiara uno de los vehículos de nuestro mini convoy. Se acercaron unos niños y había un líder entre ellos, un niño de unos doce años llamado Dinga. Se hizo mi amigo y me dijo algo que jamás se me olvidará en la vida. Me pidió el número de teléfono y se lo di. Me preguntó si iba a volver y le respondí que el próximo año; él, muy serio, me dijo clavándome su mirada. “te llamaré y mataré una cabra para ti”.

El camino hacia Nairobi lo hice pensando en lo que había vivido, y en el egoísmo de nuestra sociedad, y en las terribles y difíciles relaciones que tenemos los seres humanos.

Sexto día: Nairobi
El día comenzó con una visita a la casa Museo de Karen Blixxen, la baronesa danesa cuya vida fue el argumento de ‘Memorias de África'. Durante el camino fuimos testigos de la vida de una gigantesca urbe como Madrid donde las desigualdades sociales eran más que patentes. Después fuimos a un parque de jirafas donde se recuperan especies heridas Luego Richi y yo nos fuimos al museo de Nairobi a ver una exposición de serpientes venenosas, que es lo que le llama la atención al caballero.

 

Un grupo de hipopótamos se relaja en las aguas del lago Naivasha.

 

Séptimo día: El retorno
Los trámites para salir del país son igual de farragosos que para la entrada. A las cinco de la mañana estábamos en el aeropuerto y pasadas las siete en la puerta de embarque. En resumen, llegamos a casa a las tres del día siguiente.

Epílogo
Durante los siglos XVIII y XIX se produjeron las grandes aventuras de los exploradores en el corazón del continente Africano: Stanley, Livingstone, Pierre de Brazza, Mungo Park y otros muchos. Descubrieron nuevas zonas y rutas vedadas al hombre blanco en aras del imperialismo de sus correspondientes países. Muchos de ellos tuvieron un trágico fin, los que no murieron atacados por las beligerantes tribus fueron víctimas de las enfermedades. En el siglo XX se descubrió un nuevo mal, ‘El mal de África', que ataca a las personas directamente en su corazón. Dicen que quien va a África, regresa. El viajero sucumbe ante el embrujo del continente negro.

De un tiempo a esta parte sueño con las inmensas praderas de Maasai, con los animales corriendo, con los globos en el cielo, y con mi amigo Dinga. Lo mismo es cierto que un pedacito de mi pequeño y negro corazón quedó enterrado allí para siempre…

Texto elaborado por:
Ricardo Rojas Simó

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Música para leer

Ricardo Rojas ha seleccionado cinco canciones de artistas africanos que recomienda escuchar durante la lectura de este reportaje:

- Jammu África, de Ismael Lo

- Afriki, de Habib Koite & Bamada

- Aristiya, de Amadou et Mariam

- Tajabone, de Ismael Lo

- Kaira, de Toumani Diabate

 

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