Uno más en la familia
Por medio de la Asociación Saharaui para el Desarrollo, Manuel Rueda, jefe de turno en la instalación de León, ha podido acoger en los últimos años a dos hermanos saharauis para proporcionarles tratamiento médico y alejarles de las duras condiciones del desierto.
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Manuel Rueda, en su casa junto con su mujer, Carmen, y Dahba. |
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El verano de 2000 significó un punto de inflexión para Manuel Rueda, jefe de turno en la instalación de almacenamiento de León, y su familia. Durante dos meses, acogieron en su casa a Sidi, un niño saharaui de apenas 7 años que les hizo vivir una experiencia única que ha marcado sus vidas. Desde entonces, y gracias a la Asociación Saharaui para el Desarrollo, la relación entre ambas familias no ha parado de crecer hasta el punto de acoger durante el último año a su hermana mayor, Dahba, y proporcionarle tratamiento médico para intentar solucionar sus problemas de oído.
“Este tipo de vivencias te hacen abrir los ojos y darte cuenta de cosas que antes ni te habías planteado”, comenta Manuel, consciente de las duras condiciones de vida que tiene el pueblo saharaui y de las muchas diferencias que existen con el modo de vida occidental. Entre tanto ya hace planes para intentar traer el próximo verano a la hermana pequeña de la familia
¿Cómo surgió la posibilidad de acoger a un niño saharaui?
Una amistad cercana nos habló del programa ‘Vacaciones en paz', de la Asociación Saharaui para el Desarrollo, que ofrecía la posibilidad de acoger a niños del Sahara durante los meses de verano. Las excelentes referencias de muchos participantes en el programa y la idea de proporcionar a gente con pocos recursos la posibilidad de acceder a cosas tan básicas para nosotros como es una revisión médica o una buena alimentación nos animó a traer a un niño. Además, nuestro hijo tenía entonces 12 años y pensamos que la experiencia también sería positiva para él.
¿Cómo fue la acogida?
Muy enriquecedora, desde luego. La adaptación inicial fue complicada porque esperábamos un niño de la edad de nuestro hijo y Sidi, el niño que nos asignaron, tenía sólo 7 años y era el más pequeño del grupo que llegó ese verano. Hablaba muy poco español y era la primera vez que salía de su campamento (El Aaiún), por lo que los primeros días resultaron más difíciles de lo esperado. Pero con el paso de los días Sidi empezó a coger confianza con nosotros, a acostumbrarse a la casa y al nuevo entorno, lo que provocó un cambio de actitud que hizo que disfrutase mucho de los dos meses que estuvo con nosotros, especialmente con nuestro hijo, que se convirtió en todo un hermano mayor para él.
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Los encuentros entre las familias de acogida son habituales durante las estancias para ayudar a los niños a integrarse mejor y a relacionarse entre todos. |
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¿Qué significó para el niño?
Este tipo de programas de acogida, enfocados sobre todo a niños y niñas de entre 7 y 12 años tienen el objetivo de que los niños disfruten del verano alejados del calor extremo que se vive en su lugar de origen, los campamentos de refugiados saharauis ubicados en Tinduf (Argelia), en los meses de julio y agosto, donde se llegan a alcanzar temperaturas de hasta 50 grados. Por sus condiciones y entorno de vida, su estado de salud no es todo lo bueno que debería ser, por lo que se aprovecha para hacerles una completa revisión médica que sirva para paliar sus carencias alimentarias o poner tratamiento a sus problemas en la vista como consecuencia del exceso de luz solar que se da en el desierto. Además, conocen otro idioma y otra cultura.
¿La despedida es dura?
Mucho. Después de dos meses de convivencia se produce un gran afecto y es muy difícil despedirse del niño, pero también sabes que es un programa temporal y que tiene que volver con su familia. Nosotros vivimos escenas muy emotivas cuando llegó la hora de decir adiós.
¿Mantienes el contacto?
Al volver al Sáhara, manteníamos la relación por carta o por teléfono. Al año siguiente intentamos volver a traerle porque ya había unos lazos fuertes con su familia, pero no fue posible. Pasados unos años perdimos el contacto porque el padre de Sidi murió, pero lo volvimos a recuperar y seguimos en contacto. De hecho, mi mujer, Carmen, que es quien desde un principio apostó por este proyecto, se desplazó hasta su campamento en 2008 para hacer las gestiones oportunas y poder traer a su hermana mayor, Dahba, para que pudiera tratarse en España de sus problemas auditivos.
Y lo consiguió.
Costó bastante pero al final Dahba pudo estar casi un año con nosotros. Con ella la relación ha sido diferente a la que tuvimos con su hermano, pero igualmente ha sido una experiencia inolvidable, sobre todo porque hemos podido ayudar a solucionar sus problemas de oído. La relación con la familia es extraordinaria y el verano que viene intentaremos traer a la hermana pequeña de Dahba y Sidi.
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Dahba pasó el invierno en León y pudo disfrutar por primera vez en su vida de la nieve, una experiencia que difícilmente podrá olvidar. |
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¿Cuál es el papel de la Asociación?
El programa ‘Vacaciones en paz' es la parte más visible del trabajo de la Asociación Saharaui para el Desarrollo y a él dedican todos sus esfuerzos. Ellos se encargan de tramitar las acogidas y buscar a familias que se adapten a las necesidades de los niños. En verano, organizan actividades lúdicas, terapéuticas y de convivencia para que las familias y los niños se conozcan y se relacionen. El resto del año programan encuentros puntuales y, sobre todo, buscan financiación para sufragar los gastos de las acogidas, concretamente en lo que respecta a los billetes de avión, además de colaborar con proyectos sanitarios y de otro tipo en los campamentos.
Los ayuntamientos de la provincia de León colaboran con la Asociación , pero el aumento del precio de los billetes de avión ha subido tanto que han tenido que reducir el número de niños que participa en el programa. Este verano sólo han podido traer a unos 40 niños cuando otros años han llegado cerca de 70, teniendo incluso las familias que hacer un importante esfuerzo económico para poder acoger a los niños.
¿Y fuera de España?
Regularmente realizan envíos de comida, ropa, medicamentos o juguetes a los campamentos saharauis. Asimismo, organizan dos viajes al año, uno en Semana Santa y otro en Navidad, para que las familias de acogida conozcan a las familias de los niños y vivan en primera persona cómo es el día a día del pueblo saharaui.
Es muy diferente, ¿verdad?
Estamos acostumbrados a nuestro estilo de vida y generalmente no damos valor a todo lo que tenemos. A los niños les sorprenden cosas a las que nosotros no damos ninguna importancia, como la luz eléctrica, abrir un grifo y que salga agua o meter una tarjeta en un cajero y sacar dinero. Con las piscinas, por ejemplo, alucinaban, igual que cuando Dahba vio la nieve.
¿Recomiendas la experiencia de acoger a un niño?
Sin duda. Es algo verdaderamente enriquecedor poder ayudar a un niño y darte cuenta de lo felices que son con cualquier pequeño detalle. Conocer su cultura y su modo de vida te hace abrir los ojos y plantearte las cosas de otra manera, además de valorar más lo que tienes.
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