La revista de la gente de
Número 23 - Tercer trimestre 2011
 

Australia, territorio salvaje
Javier Bonet, jefe de la instalación aeroportuaria de Barcelona, no se lo pensó dos veces y cogió la mochila para recorrer durante un mes buena parte de Australia, un país con una extraordinaria riqueza natural.

 

Javier Bonet en el parque natural de Leitchfield, en Territorio del Norte.

 

Pocos lugares del mundo te ofrecen una desconexión absoluta, en contacto directo con la naturaleza y con una enorme diversidad de entornos visitables de forma totalmente segura y autónoma como Australia.

Plantearse recorrer todo el país en cuatro semanas era tan absurdo como ver toda Europa en un mes, por lo que tuvimos que elegir. Después de muchas vueltas, decidimos empezar por Tasmania, para luego ir desde Sidney bordeando la costa este hasta la isla de Fraser. Desde allí, bajando hasta Brisbane, volar hasta Darwin para ir a Kakadu y volver a volar a Sidney para terminar con algo de turismo urbano en esta ciudad y en Melbourne.

Lo siguiente fue buscar las mejores fechas, escapando en lo posible de las fiestas locales y teniendo en cuenta las mejores épocas para visitar las diferentes zonas de muy variada climatología con que cuenta el país. Comprados los billetes, ya no había marcha atrás.

 

El Far-South de Tasmania es la zona más meridional de Australia.

 

Tras 22 horas de vuelo llegamos a Melbourne. A la mañana siguiente salimos bien temprano con destino a Hobart, capital de Tasmania. Además de un paisaje único, Tasmania tiene el indudable honor de ser la zona habitable con el agua más pura y el aire menos contaminado del planeta. Otro atractivo indiscutible es su fauna autóctona, como el demonio de Tasmania o el ornitorrinco.

Desde Hobart nos dirigimos al sur y no tardamos en darnos cuenta de que conducir en Tasmania lleva mucho más tiempo del que piensas. Las carreteras principales son buenas, pero es imposible acercarte a la velocidad máxima permitida sin salirte en una curva. Para colmo tardé un tiempo en acostumbrarme a conducir por la izquierda. Además, desde el atardecer hasta el amanecer hay que ir muy lento ya que los encuentros con wombats, canguros y todo tipo de fauna son seguros. No en vano, los atropellos a animales son la principal causa de accidentes de tráfico en el país.

Después de pasar un día en el Far-South nos dirigimos a la isla de Bruny, famosa por sus paisajes idílicos y su gran población de pingüinos y focas (que no conseguimos ver). De vuelta en Tasmania, atravesamos campos y pueblos pintorescos hasta llegar a Cradle Mountain, trayecto en el que vimos centenares de vacas pastando en inmensos prados. De nuevo en coche, atravesamos el parque natural de Franklin-Gordon, que junto con el de Cradle Mountain ocupan más de un tercio de Tasmania, en dirección oeste hacia Townsville, una antigua ciudad minera con montes desolados por la lluvia ácida, para después continuar hasta Strahan. La última parada fue Launceston, la segunda ciudad en importancia de la isla. Tasmania fue uno de los tramos que mas me gustó del viaje.

Sol, playa y surf
Sidney fue el siguiente destino. Allí volvimos a alquilar un coche y salimos directos al parque nacional Myall Lakes. Esta zona, con lagos y cuencas de un azul brillante, zonas boscosas y tramos selváticos, además de una fauna abundante, nos encandiló y no tuvimos más remedio que dedicarle unos días. La siguiente parada, Seal Rocks, cumplía a la perfección el ideal australiano: sol, poca gente, olas para surfear y nada que hacer salvo dar un paseo hasta el faro y tostarse al sol. Y eso fue lo que hicimos.

Próximo destino: Port Macquaire. Zona residencial en la costa, frecuentada por familias con niños. Era sólo un punto de paso antes de ir a Coffs Harbour. En los dos sitios nos estuvo lloviendo con fuerza. Después nos dirigimos hacia el paraíso del surf, Byron Bay, aunque al llegar nos decepcionó un poco ya que el ambiente no era el que esperábamos y seguía diluviando, lo que nos hizo adelantar nuestra visita a la isla de Fraser.

 

La isla de Bruny es famosa por sus paisajes idílicos y su población de pingüinos y focas.

 

Dejando atrás la extravagante Surfers Paradise, de la Gold Coast pasamos a la costa de Sunshine. Paramos a tomar un café y fuimos a una oficina de información (hay miles, hasta el pueblo mas minúsculo cuenta con una), donde nos recomendaron acceder a la isla de Fraser desde Rainbow Beach y no desde Hervey Bay. Llegamos justo antes del atardecer, cogimos toda la información que pudimos de la isla de Fraser, compramos los tickets para el ferry y sacamos los permisos para acceder a la isla.

Paraíso de arena
Sin más tiempo que perder, metimos el coche en la playa para coger el ferry hacia Fraser, la isla de arena más grande del mundo. En sus 120 por 15 kilómetros cuenta con un paisaje único e idílico formado por gigantescas dunas, selva tropical, bosques de eucaliptos y cerca de 40 lagos. Desde los puntos más elevados de la costa se pueden ver delfines, ballenas, tortugas y tiburones. Toda su costa está azotada por corrientes endemoniadas que, junto a los tiburones, hacen imposible el baño más allá de mojarse las piernas.

Para visitar la isla hay que tener en cuenta que sólo se puede circular con un todo terreno de chasis alto. Hay que calcular muy bien los trayectos, de forma que para recorrer grandes distancias se circula por los más de 120 kilómetros de la playa oriental, dentro de una franja de una o dos horas máximo alrededor de la bajamar, puesto que un error de cálculo puede hacer que tengas que abandonar el coche peleándote con las olas. La prudencia a volante en este sitio es especialmente importante. Dedicamos unos días a Fraser, plagados de anécdotas, vistas preciosas, paisajes sacados como de otro planeta y un cielo increíble cada noche. La experiencia fue inolvidable.

De vuelta, decidimos pasar otro día en Rainbow Beach y visitar la Carlo Sandblow , una inmensa duna de 15 hectáreas con una orientación que permite ver la salida y la puesta de sol durante todo el año. Desde allí nos dirigimos a Brisbane para coger un vuelo a Darwin, en el Territorio del Norte. Desde allí se accede al parque nacional de Kakadu y al de Leitchfield. También es punto de partida habitual para rutas de varios días hacia Alice Spring y Ayers Rock.

 

Puesta de sol en el parque nacional de Kadaku, el más grande del país.

 
 

Tierra de cocodrilos
El parque nacional de Kakadu es el mayor del país y uno de los que cuenta con una mayor biodiversidad. Durante la época lluviosa, los arroyos que se encuentran sobre la meseta se desbordan conformando un paisaje único. También se desbordan los ríos que atraviesan el parque, para los que no se estrujaron demasiado la cabeza a la hora de buscarles un nombre: West Alligator, South Alligator y East Alligator. Estos ríos y, en general todo el área pantanosa, conforman el hábitat de miles de cocodrilos.

Allí pudimos escalar un par de mesetas, navegar entre cocodrilos, refrescarnos en las cascadas y visitar un centro aborigen. Vimos fauna interesante, como el emú (la segunda ave más grande tras el avestruz) o el pájaro Jesucristo (por su habilidad de caminar sobre el agua), pero el primer puesto fue para el cocodrilo de estuario. Estos espectaculares reptiles apenas han evolucionado en millones de años ya que están perfectamente adaptados y, salvo el hombre, no cuentan con depredadores naturales. Otro tipo de cocodrilo que también frecuenta la zona es el de agua dulce, más pequeño y que rara vez ataca al hombre salvo que se sienta amenazado.

 

En Australia está permitido circular por las playas, aunque también hay que cumplir ciertas normas.

 

Tras pasar tres días en Kakadu regresamos a Darwin y, al día siguiente, salimos en un viaje organizado de un día al parque nacional de Leitchfield. La mañana siguiente cogimos un vuelo para Sidney, a la que dedicamos tres días, incluyendo una escapada a las Blue Mountains. Me pareció un lugar con mucho encanto y personalidad, pero sin el ajetreo de las grandes ciudades europeas y con un tamaño que te permite visitarla a pie. Imprescindible comer en el Fish market, subir al monorraíl, hacer una visita al Sidney Opera House, pasear por Darling Harbour y los Royal Botanic Gardens, ver la bahía en barco, atravesar el puente de la bahía de Sidney y deambular por The Rocks.

El viaje se terminaba. Sólo nos quedaba pasar un día en Melbourne, algo más pequeña que Sidney. También la visitamos casi por completo andando y nos sorprendió su cultura cafetera, con varias escuelas en las que sólo enseñan cómo preparar café, por cierto delicioso.

De regreso a casa, aprovechamos para repasar por enésima vez las anécdotas y hacer un listado de todo lo que habíamos dejado pendiente para la próxima visita: Cairns, navegar entre las Withsundays, atravesar el árido outback hasta Ayers Rock, bucear con el gran blanco en Adelaida…

Texto y fotografías:
Javier Bonet

 

[ Imprimir artículo ] [ < Volver ]

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carta del presidente | Entre nosotros | Noticias | Al día | Innova | A fondo | Toma nota | Las dos caras | Sector | De viaje por... | Te conviene | Contraportada

Copyright © 2006 CLH. Desarrollada por el Grupo Inforpress