La cara oculta
del sol
En verano pasamos muchas horas expuestos al sol, una fuente de vida y salud, pero también puede ocasionar graves consecuencias si no se toman las medidas adecuadas.
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El sol es un buen amigo siempre y cuando no abusemos de su compañía. Tomado en pequeñas dosis (15 minutos diarios son suficientes) estimula la síntesis de vitamina D, fortalece las defensas y favorece el buen humor. Pero la acción de los rayos solares puede ser peligrosa si no actuamos con prudencia, puesto que una exposición prolongada a altas temperaturas o la práctica de ejercicios intensos en medios muy calurosos pueden dar lugar a quemaduras en la piel, padecer el típico golpe de calor o, en casos extremos, sufrir una insolación.
Los responsables son los rayos ultravioleta. A lo largo de los años, acaban provocando una degradación de las fibras de colágeno y de elastina, haciendo que la piel pierda suavidad y firmeza, y se acelere la aparición de arrugas. Pero además de quemaduras, manchas y arrugas, la exposición excesiva a las radiaciones solares es un factor de riesgo de cáncer dermatológico.
Personas con especial riesgo
Aunque puede afectar a todas las personas por igual, los más vulnerables a los efectos del sol son los niños, los ancianos y aquellas personas que tengan una dolencia crónica. Estos colectivos presentan un mayor riesgo como consecuencia, fundamentalmente, de la menor
capacidad para eliminar el calor por medio del sudor y debido a las
características propias del grosor de su piel.
También son vulnerables quienes toman el sol en exceso con la finalidad de conseguir un intenso bronceado. En cualquier caso, no debemos olvidar protegernos la cabeza del sol y usar una crema con un factor alto de protección. Así se absorbe la radiación ultravioleta y disminuyen sus efectos dañinos. Asimismo, es recomendable el uso de gafas de sol para proteger los ojos, altamente sensibles a la luz y una de las partes del cuerpo que más se resiente con el exceso de sol.
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Cuidado con la insolación
A las pocas horas de haber tomado el sol de forma prolongada y sin protección, la piel se enrojece y empiezan a aparecer edemas y ampollas. En casos extremos, la persona puede sufrir vómitos, dolor de cabeza, fiebre y mareos. Son los síntomas más comunes de las llamadas insolaciones o golpes de calor.
Los expertos de la Sociedad Española de Medicina General (SEMG) señalan que la insolación se produce cuando el cuerpo no está en condiciones de controlar su temperatura. Ésta aumenta rápidamente (pudiendo llegar hasta los
40 ºC en un intervalo de 10 a 15 minutos) y produce una gran cantidad de calor interno que normalmente se enfría mediante la transpiración y la irradiación de calor a través de la piel. Sin embargo, ante determinadas circunstancias como calor intenso, el sistema de enfriamiento puede empezar a fallar, haciendo que el calor se acumule hasta niveles peligrosos.
Ante estas señales conviene actuar de forma rápida. Como primera medida, se debe retirar a la persona a un lugar fresco, soltarle o quitarle la ropa y aplicar agua o bolsas de hielo sobre la piel. Si presenta calambres musculares, se deben masajear los músculos afectados para favorecer la circulación y reducir el proceso de enfriamiento. También es importante controlar cada pocos minutos la temperatura del enfermo.
Una insolación no tiene por qué dejar secuelas, salvo que se haya visto afectado algún órgano y haya sido necesario un tratamiento intensivo en el hospital. En nuestra mano está evitar esto, extremar las precauciones adecuadas y tomar conciencia de los peligros que una incorrecta exposición al sol pueden suponer para nuestra salud.